Didáctica de la Filosofía

Publicado el 12 de Junio, 2008, 12:16

La República, 08-06-08

Aula Precaria.

 

Los jóvenes y la reflexión

 

Luis Jaime Cisneros

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Si alguna disciplina simboliza la reflexión en nuestra vida universitaria, asoma en primer término la filosofía. La hallamos en la raíz de toda casa de humanidades. Y por cierto, recordamos que a su amparo surgieron las universidades medievales. Todo cuanto el hombre ha logrado en siglos anteriores fue posible porque hubo quienes reflexionaron sobre disciplinas como la Teología, las Matemáticas, la Física y la Filosofía. Si Descartes no hubiera propuesto una interpretación matemática de los hechos y las cosas, las ciencias no habrían alcanzado la dimensión que hoy les reconocemos. Y no es porque la filosofía ofrezca solución para todos los problemas, sino porque nos enseña a reflexionar sobre ellos para poderlos encarar racional o imaginativamente. Es decir, nos mueve a diseñar el camino hacia el previsto horizonte: nos enseña cómo profundizar y cómo descubrir (gracias a la reflexión) las diversas maneras de llegar a la verdad. Por eso en los institutos de enseñanza superior se aprende a profundizar en la universalidad como requisito indispensable para poder profundizar en cualquier especialidad.

Claro es que a esta convicción se llega tras largos años de estudio. Pero se llega, felizmente, tras comprobar que la reflexión filosófica nos ayuda a la realización del ser. Al hombre debe interesarle más ser-en-el-mundo de la cultura (como soldado, como actor) antes que estar en ese mundo sólo por el hecho de haber nacido a sus circunstancias. Nosotros debemos dedicarnos a lograr que nuestros estudiantes 'sean' y no se conformen con estar-ahí, como estafermos.

El estar-en-el-mundo de la cultura tiene poco que ver con las esencias que justifican nuestro ser individual. Si no soy-en-el-mundo en que me encuentro, la cultura me resulta realmente indiferente. Claro se está que esto exige comprender todos los alcances de la palabra mundo, con la que no busco aludir a ningún ámbito geográfico sino a la apertura del ser, a la que vivimos expuestos. Y es que –como enseñaba Honorio Delgado– la filosofía aspira a "relacionar al hombre con el todo por la inteligencia, a buscar el sentido profundo de lo asequible en la experiencia".

A estas reflexiones me veo convocado cuando escucho a algunos estudiantes conversar sobre sus estudios y sobre las metas que vislumbran en el horizonte. Creen que el porvenir es un paradero al que llegarán el día en que el tren cumpla su recorrido. Se desconocen como arquitectos que deben diseñar el proyecto, y al mismo tiempo como obreros comprometidos en la tarea. No reparan en que, después de Hiroshima, todo problema ético reconoce una responsabilidad en la tecnología y en la ciencia (o en los progresos alcanzados por una y otra). Y es que no estamos acostumbrados a reconocer que la reflexión y la crítica son las armas a las que debemos recurrir los universitarios, porque ahora son más imprescindibles que nunca para garantizar la estabilidad espiritual. En un artículo periodístico un profesor universitario se preguntaba (en 1999) para qué enseñaba la universidad, y concluía afirmando que la institución no tenía clara conciencia sobre la función social a que estaba comprometida.

Su conclusión era que la universidad sufría de "cierta deformación ideológica". Esa deformación se expresaba en el hecho de que vivía empeñada en "producir profesionales, especialmente técnicos calificados en las disciplinas que les exige el mercado". Podemos estar en desacuerdo con la explicación, pero si dedicamos atención a la publicidad a que recurren hoy muchos centros de educación superior, pensaríamos que para muchos la universidad está adquiriendo fisonomía de empresa comercial.

Y me centro en la importancia que ha adquirido para la gente joven el campo de la comunicación. He aprendido nuevos estilos de conversación con los jóvenes. Sé que no vale la pena preguntarles qué leen ni en qué piensan. Pero sí vale la pena preguntar por la música que escuchan, y acompañarlos a sonreír antes sus distintas colecciones y grabaciones musicales. He tratado de explicarme este recurrir al lenguaje musical (que no es el lenguaje 'de los otros'), que tanto ayuda a descubrirse en la real intimidad. Y porque pienso que ésa sea, quizás, la manera como buscan ahora los jóvenes un modo de 'encontrarse' y proteger su intimidad, me preocupo por escuchar los nuevos ritmos, sabiendo (como sé) que todo lenguaje le sirve al hombre para saberse y sentirse 'persona' y para enorgullecerse de su condición humana. Y al hacerme consciente de esta preocupación, recuerdo cuánto me emocioné el día que estreché la mano de André Malraux y pude agradecerle el que hubiera escrito La condición humana.