Didáctica de la Filosofía

Publicado el 30 de Marzo, 2007, 13:43

Domingo, 18 de marzo de 2007

La República

¡Que vivan las humanidades!

Luis Jaime Cisneros

 

Nos viene ocurriendo desde que éramos muchachos. A medida que se ha ido deteriorando nuestra facultad crítica, la verdad ha comenzado a sufrir derrota tras derrota. Lo grave de este deterioro, antes que un fenómeno del inesperado mundo vulgar, es un "defecto orgánico de quienes producen conocimiento". Ya lo había advertido Huizinga setenta años atrás: "Junto a este fenómeno de decadencia, hay además otro que podríamos llamar corrupción de la función asignada a la ciencia, o abuso de la ciencia como medio" (Entre las sombras del mañana, 1936,79). Ciertamente, la ciencia ha progresado en forma extraordinaria: su valor como conocimiento está en la cúspide. Y qué decir de su aplicación: nuestra sociedad de consumo lo comprueba diariamente. Pero ya no nos rinde como ayer en el campo de la educación. Su valor pedagógico está realmente por los suelos. En ese aspecto, no sería errado admitir que estamos atrasados, como si nos hubiésemos quedado en el siglo XVIII.

Uno de lo s campos más afectados parecería ser el de las Humanidades. Por lo menos, hay muchos que lo creen. Lo que ocurre es que en su formación ideológica y su expresión las humanidades suelen moverse, de preferencia, "en esferas que comprenden juntos lo estético y lo sensible". Y desde los días sombríos de Hiroshima, hay quienes en varias lenguas se resisten a creer en la fuerza del espíritu. Pero (y vuelvo al amparo de Huizinga) "sigue siendo el espíritu el que se mueve en el mundo de lo inteligible". No solamente hay que aprender a buscar la verdad. Hay que saber, llegados a ella, sentir que la verdad fue siempre el ideal. Y esa es la tarea esencial de la formación humanista.

El campo de las humanidades (verdad heredada del mundo grecolatino) es más amplio de lo que muchos sospechan: no está circunscrito a lo estético y lo sensible. Incluye a la biología y a la física. Comprende a las ciencias matemáticas. Euclides y Aristóteles pertenecen a este mundo. Cuando hoy hablamos de humanidades, estamos mencionando a Einstein, a Heinsenberg y a Bohr. Freud es tan legítimo de ese mundo, como Picasso y Proust. Una Facultad de Ciencias Humanas acoge a especialistas de varias disciplinas hermanadas por la consentida fe en la verdad del conocimiento. Sin una base firme en humanidades, no hay manera de especializarse. Esta sigue siendo una batalla del mundo intelectual. Y en algunos países, es una franca batalla del mundo universitario. Por eso en muchas universidades hallamos los Estudios Generales, que constituyen la obligada puerta de entrada para un mundo de especialización científica.

Cuando nos decidimos a analizar las causas por las que nuestro sistema escolar está en crisis, se suscitan reclamos, acusaciones, protestas que a nada conducen y nada solucionan. Vamos a hacer frente a la realidad: esa es la tarea esencial. Hay quienes defienden lo que se conoce como una educación tradicional, y hay, frente a ellos, quienes defienden la innovación. El siglo XX ha sido ciertamente el siglo de los grandes contrastes: el más profundo ha sido la ruptura de la tradición y el surgimiento de lo que alguien ha llamado "creaciones inéditas". Si eso ha sido válido y digno de celebrarse en varios campos, en el pedagógico ha resultado, acá y allá, necesitado de reflexión y crítica.

Los norteamericanos tuvieron su experiencia con los trabajos de Dewey. Los franceses escucharon varias llamadas de atención. No podemos ignorar que a la educación cabe transmitir "un patrimonio, una herencia, un conjunto de saberes constituidos" que el alumno debe aprender a respetar (Luc Ferry). Ese es el primer deber de la escuela. Lengua y civilización llaman los franceses a esta perspectiva. Y también la escuela debe ayudar a que los alumnos aprendan a crear y a inventar. Por lo pronto, deben descubrirse ‘creadores’ y comprobar que pueden inventar y crear en las lenguas: descubrirse en trance poético brinda seguridad en sí mismo y robustece la tradición. Claro se está: los que terminan sus estudios secundarios habrán descubierto también el servicio (y el poder) que brinda la ideología. Y es necesario que eso ocurra y que el maestro aproveche para ayudar al alumno a descubrir el valor de la verdad y la justicia, de la verdad y el error. Y ese es el instante en que debe la escuela reforzar el mundo espiritual y el mundo de los valores.