Didáctica de la Filosofía

Publicado el 12 de Septiembre, 2006, 16:37

http://www.lne.es/secciones/noticia.jsp?pNumEjemplar=1389&pIdSeccion=46&pIdNoticia=440026

Un partero para niños

El especialista en didáctica de la filosofía Oscar Brenifier ofreció una demostración de su método, basado en el socrático, con chavales gijoneses

Gijón, J. C. GEA

Oscar Brenifier se asegura de que entre sus jovencísimos oyentes, sentados alrededor de una gran mesa del Begoña Park, no hay «ni paralíticos ni sordos». Todos los niños están, pues, en condición de escuchar y de levantar la mano. Luego empieza con la sesión práctica de debate filosófico en el aula que imparte dentro del Seminario internacional «Estrategias de pensamiento en el aula» junto a una veintena de niños de distintas edades, con mayoría de chavales de entre 8 y 10 años. Los métodos del doctor en Filosofía por la Universidad de La Sorbona y especialista en didáctica de la filosofía ya habían calentado anteayer el ambiente en un «café filosófico» con los participantes en el seminario hasta hacerlo hervir en las tazas y fuera de ellas, pero, a pesar de ello, muchos repitieron para comprobar cómo desarrolla su trabajo con niños.
Y lo que comprobaron es que no hay grandes diferencias. Brenifier se basa en los viejos métodos socráticos para aguijonear con preguntas y llevar a sus interlocutores a la admisión de la propia ignorancia, o como mínimo al estupor de la contradicción, obligándoles a pensar en el proceso. Lo mismo a adultos que a niños. Y con la misma implacable tenacidad que le criticaron posteriormente algunos de los pedagogos, docentes y filósofos asistentes. Una tenacidad que él atribuye, por cierto, a una condición de filósofo a la que accedió tras descubrir, vía Spinoza, «el placer de sentirme tonto», y a las reglas de un juego que describe como «el juego de la verdad».
La técnica de Brenifier, que ha enseñado por todo el mundo y que se refleja en varios libros, consiste en provocar constantes respuestas en sus interlocutores, en obligarles -en nombre de la lógica y de la precisión- a contrastarlas con las respuestas de otros, a criticarlas abiertamente dirigiéndose a los compañeros, a admitir públicamente la propia ignorancia cuando se llega a ella, y todo ello forzando a la escucha y a la autonomía de los participantes. Si Sócrates se comparó alguna vez con un tábano, Brenifier podría decir lo mismo.
Las preguntas fueron lloviendo una tras otra, en una ramificación de razonamientos que varias veces acabó, no obstante, en puntos muertos. «¿Quién piensa que yo hablo bien español?» fue la primera. Y, ciertamente, no fue gratuita, porque el idioma fue en ocasiones un motivo añadido de estupor y confusión, si bien nada filosófica, para los pequeños.
Las preguntas particulares -la citada, y otras como «¿Crees todo lo que te dicen tus padres?»- fueron dando lugar a preguntas secundarias -«¿Por qué sabes que soy francés?»- y frecuentemente acabaron en el punto buscado de la ignorancia confesa («¿Por qué no levantaste la mano?» «No sé». «¿Entonces sabes ya que tú no sabes?» «Sí». «¿Y te gusta hablar de ello?» «Sí») o el bloqueo. Los chavales eran interrogados tanto por sus respuestas como por sus silencios, e invitados a proclamar los aciertos ajenos («Eres muy listo; sabes lo que pienso mejor que yo») o criticar ante el foro («Nos has mentido»). Brenifier utilizó cualquier cosa para evidenciar contradicciones, incluso el tono de voz aparentemente abatido de un niño que, sin embargo, confesó «ser feliz» en ese momento.
Pero el núcleo del debate se centró en una cuestión que los niños debieron contestar por escrito: «¿Debemos siempre obedecer?». Dos de las respuestas, la de Antón («no, depende de lo que nos pidan») y la de Claudia («sí, porque es de buena educación») quedaron sobre la palestra. No obstante, la defensa «antonista» de la verdad y el argumento moral claudista llegaron también a punto muerto cuando ambos convinieron que defendían lo mismo («hacer las cosas bien») y Antón reconoció a su adversaria una victoria formal: «Eres más lógica que yo».

La evaluación de los críos no fue complaciente. Unos dijeron haberse «aburrido» y otros acusaron a Brenifier de «liar a muchos niños», aunque también hubo quien le agradeció «habernos hecho pensar». En lo que hubo unanimidad y cien por cien de brazos alzados fue en la última pregunta: «¿Chocolate o debate?». Así que los chavales se fueron a disfrutar de una merecida chocolatada. El método de Sócrates era el de las parteras, y nadie dijo que un parto sea plato de gusto.