Publicado el 17 de Febrero, 2006, 17:26
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El Comercio, 05-02-06
Cómo enseñar bien Por Felipe Ortiz de Zevallos, economista "Algunos profesores repiten sus clases como si se tratara de capítulos sucesivos de una misma telenovela. Ello da poco espacio para crear e innovar en el esfuerzo por acercarse más a las personas que uno tiene delante"
Un educador estadounidense, Donald Finkel, escribió hace algunos años un libro cuyo sugerente título --"Cómo enseñar con la boca cerrada"-- implica un cambio de perspectiva respecto de los sistemas tradicionales de enseñanza. Con el nuevo paradigma, enseñar no implica solo dictar clases en el formato de conferencias sino realizar un conjunto de acciones que ayuden y estimulen a los alumnos a aprender, sin causarles, a la vez, mayor perjuicio. La mayoría de los profesores universitarios tradicionales, en cambio, definiría la enseñanza como el proceso de transmitir conocimientos. Uno enseña hablando, dirían muchos. Esta es una definición que a quienes enseñamos nos puede resultar bastante cómoda porque nos permite mantener el control sobre el proceso: yo hablo, yo enseño; ya hablé, ya enseñé. Las nuevas corrientes pedagógicas plantean que la enseñanza solo se materializa cuando hay aprendizaje. De poco serviría la mejor orquesta si toca en un desierto vacío. Vista así, la enseñanza requiere la creación de aquellas condiciones que le permita a la mayoría de los alumnos, sino a todos, descubrir su potencial en el proceso de aprendizaje. Es una visión más compleja y preocupante porque resulta una más inasible, uno pierde el control del proceso. Para muchos, la habilidad para enseñar es vista como un don innato --la imagen de Raúl Porras dictando clase en San Marcos-- cuando es, en realidad, una cualidad adquirible. Pero, primero, se requiere entender bien a los alumnos --sus aspiraciones, confusiones, prejuicios y vacíos-- así como la naturaleza tan variada de sus procesos de comprensión y aprendizaje. Ello se complica con la marcada brecha intergeneracional que existe entre universitarios y sus profesores. Algunos profesores repiten sus clases como si se tratara de capítulos sucesivos de una misma telenovela. Ello da poco espacio para crear e innovar en el esfuerzo por acercarse más a las personas que uno tiene delante, que son distintas a las que tuvo ayer, o el semestre pasado. La mejor clase --afirma Ken Bain, educador de la Universidad de Nueva York-- es, a la vez, una creación intelectual y una experiencia histriónica. Requiere de comprensión, perspectiva, intuición, originalidad y empatía. Recuerdo a un profesor en la Universidad de Kellogg que perdió un kilo de peso en una clase. Uno requiere de tensión para aprender. Hay expertos muy calificados que resultan absurdamente rutinarios y predecibles en la clase. Un buen maestro requiere de una capacidad de adaptación suficiente para adecuarse a cada grupo, incluso a cada alumno. Un buen maestro, en última instancia, es aquel que contribuye con el aprendizaje de sus alumnos en una medida tal que logra una influencia positiva, marcada y sostenida, en la manera en que ellos piensan, actúan y sienten. Bain le ha dedicado años de su carrera profesional a identificar buenos profesores universitarios con el fin de descubrir qué es lo que los demás pueden aprender de ellos. En su libro: "Qué hacen los mejores profesores universitarios" describe algunas características comunes de aquellos que enseñan mejor. Conocer bien la materia que dictan constituye un requisito bastante evidente. Menos obvia como condición es la preocupación sincera respecto de cuáles son los objetivos concretos de aprendizaje de sus alumnos. Para ser buen profesor hay que asumir como premisa que sus alumnos quieren y pueden aprender. Las relaciones que con ellos tiene suelen estar marcadas por la exigencia pero también por la confianza. En clase, o fuera de ella, suelen abrirse en diálogo al relato de sus propios logros y frustraciones, provocando en alumnos preguntas y reflexiones. Bain cuenta que cuando fue a entrevistar para su libro a un muy destacado profesor de filosofía, este lo invitó a la conferencia que dictaba esa misma noche en la facultad. Se titulaba: "Cuando enseño mal". |
