Didáctica de la Filosofía

Publicado el 30 de Diciembre, 2005, 0:42

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Delirios

Alejandro Rozitchner

Que en una clase de filosofía se considere al delirio y su producción sistemática como una actividad de interés puede parecer contradictorio con el objetivo básico de inculcar racionalidad que suele suponerse básico en la aventura filosófica. Sin embargo, observado en el contexto más amplio en el que estos textos buscan producir su efecto, el delirio o divague puede aportar al pensamiento una dimensión faltante de extremo interés, y ayudarnos al mismo tiempo a aclarar el lugar y sentido de la racionalidad en nuestro intento.

La estimulación del delirio puede ser un acceso de gran valor para la estimulación de las mentes interconectadas en la clase. El pensamiento filosófico, ese camino de elaboración poderoso y abarcativo, no procede, como dijimos, únicamente por la vía de la conciencia. De la misma manera que los sueños, los chistes y los actos fallidos son –como lo demuestra el psicoanálisis- directas vías de acceso al inconsciente, contacto con el material profundo de nuestra sensibilidad vedado a la actividad intencional de la reflexión, la habilitación de escritos y formulaciones llamados delirantes permiten a la clase expresar materiales no racionales que tienen sin embargo un valor clave en la producción de pensamiento. Sea porque a través de esta vía se logrará acceder a motivaciones e imágenes habitualmente censuradas pero centrales en el pensamiento de la clase, o porque esta tarea aporte una libertad y una sensación de juego que resulta difícil poner en movimiento en los contextos institucionales, es sensato (y racional, a su manera) esperar que la fuerza requerida del delirio venga finalmente en auxilio incluso del pensamiento más lógico y coherentemente expresado.

¿A qué delirio me refiero? Podríamos partir de la idea surrelista de la escritura automática, es decir, de una escritura que en su velocidad rompa toda hilación coherente para abrirse a las asociaciones libres y espontaneas. Tal como lo pedía la consigna utilizada por aquel grupo de exploradores, se trataba de escribir sin pensar, lo más velozmente posible, durante el tiempo suficiente (la historia del movimiento surrealista cuenta de sesiones de varias horas de duración) como para que apareciese en esas palabras una fuerza trascendente de emoción y lirismo, en la que lograsen mostrarse las imágenes de mayor poder expresivo, la verdad de la poesía inaccesible al planteo clásico.

El objetivo de este tipo de escritura era para el grupo surrealista el de llegar a la profunda vena lírica que estaba para ellos cercenada y contenida en la prisión de la vida burguesa, abrirse a la amplitud de una estética libre y en último sentido revolucionaria. Sin llegar a tanto, y al mismo tiempo superando la perspectiva meramente estética (que puede también ser considerada en realidad una perspectiva amplia y profunda, pero que en nuestro caso creo conveniente superar) sí sería conveniente retomar la idea de que en la aparente irracionalidad del pensamiento librado a la producción de conexiones “sueltas” (no ligadas por un hilo lógico) aparece un nivel de pensamiento valioso y necesario.

En nuestro caso no estaríamos buscando generar textos estéticamente valiosos (aunque no tenemos por qué permanecer insensibles a la belleza o la gracia resultante de la escritura propuesta en el ejercicio que sugiero al final), sino entrenar al pensamiento para que sea capaz de moverse en un ámbito de libertad mayor, en el cual poder integrar aspectos de la sensibilidad que por lo general no son fácilmente integrables si adherimos a u n rigor mortis en la construcción de sentidos pensantes.

La producción de formulaciones ilógicas es también para el objetivo de la creatividad un recurso de alto valor. La deliberada producción de frases absurdas es el método por el cual el pensamiento logra incorporar perspectivas que escapan a su funcionamiento habitual (valioso, sin duda, pero limitado), un paso dado hacia la conquista de nuevas perspectivas que aporten visiones capaces de darnos otros enfoques, nuevas soluciones, la riqueza de lo inexplorado.

Se me ocurre que podría pensarse en una tarea de este tipo:

0. sería conveniente que el ejercicio de las 100 preguntas se realice al principio del curso y que quede “reservado”, como de dice en términos culinarios, como un fondo del que luego se extraerán distintas preguntas para ser usadas como disparadoras de algunos de los otros ejercicios. En este caso el primer movimiento sería el de pedir a cada alumno que elija de su texto fundamen tal de preguntas una que quiera desarrollar en el momento en que esta tarea es propuesta.

1. que cada alumno escriba un breve texto absurdo intentando responder a la pregunta seleccionada, buscando deliberadamente formulaciones ilógicas y explicativamente deficitarias, con la mayor libertad posible y aclarando que no será juzgado por el profesor ni por la clase. En realidad es correcto sostener que este tipo de tareas, como muchas otras de la sugeridas en estos textos, son sólo posibles en una clase que ya haya logrado armar un contexto abierto y tolerante, más volcado al juego que al juicio, y en el que el docente sea el abanderado de una libertad encaminada, objetivo primario y difícil de lograr.

2. que los textos sean leídos en voz alta, para diversión de la clase, como si el grupo asistiera al extraño espectáculo de la libertad del pensamiento lanzado al absurdo

3. que cada alumno escriba otro texto intentando encontrar sentido en su texto a nterior, aplicando ahora las dotes de interpretación, que no tienen por qué ser marcadamente lógicas, sino más bien expresar la intención de una zona intermedia de búsqueda reflexiva sobre el fondo de la libertad anterior. Sería conveniente que, antes de dar este paso en forma individual, la clase asumiera el desafío conjunto de intentar interpretar algún texto absurdo aportado por el profesor. La interpretación debe ser también tomada como un juego, como el juego de lanzar hipótesis con las cuales le asignamos a los términos y las formulaciones del texto delirante posibles sentidos coherentes.

Me parece evidente que esta tarea tiene el valor añadido de ser un entrenamiento sensacional para el trabajo de interpretación de los textos habituales que suelen trabajarse en las clases de filosofía. Tratar con delirios enseña a tratar con las formulaciones filosóficas. Más que defenderlas sosteniendo su rigor impoluto, creo que penetramos en ellas, y en su riqueza si es que la tienen, a través de esta práctica lúdica y expresiva, ¿acaso no son muchas de las formulaciones de los textos serios también un poco delirantes? ¿No daríamos un poco de razón a Borges cuando interpreta a la filosofía como una rama de la literatura fantástica?